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Si de piñatas se trata, los artesanos mexicanos se pintan solos

Las fiestas navideñas en México están permeadas por rasgos que son fruto del sincretismo de fiestas prehispánicas, cristianas y populares. La Nochebuena y la Navidad salieron de los recintos eclesiásticos para celebrarse en los hogares, en donde se convertirían en fiestas familiares y comunitarias.

Previo a la Nochebuena existe un conjunto de preparaciones y festejos como las pastorelas, la instalación del nacimiento y por supuesto las posadas (del 16 al 24 de diciembre), las cuales se celebran con procesiones, cánticos, velas, ponche de granada o frutas y las tradicionales piñatas, estas últimas, colmadas de colorido y creatividad, sinónimo de diversión y alegría.

Con la finalidad de rescatar la esencia del arte popular en la fabricación de estas significativas figuras, imprescindibles en la celebración de toda posada, el Museo de Arte Popular (MAP) organizó por décima primera ocasión el Concurso Exposición de Piñatas Mexicanas.

En esta edición participaron artesanos, colectivos y público en general, procedentes de la Ciudad de México, así como de los Estados de México, Guanajuato, Hidalgo, Veracruz y Zacatecas que, haciendo gala de su imaginación y destreza, coadyuvan a mantener viva una tradición que ha perdurado en México a lo largo de varios siglos.

Niños, jóvenes y adultos podrán disfrutar del colorido y creatividad que envuelven a las tradicionales piñatas, 159 en total, las cuales se exhiben en el patio del MAP, hasta el 10 de diciembre.

LA PIÑATA, EL ORIGEN

En México, antes de la conquista española se celebraba el advenimiento de Huitzilopochtli en el mes Panquetzaliztli, el cual coincidía con la época en que los europeos festejaban la Navidad. Esto hizo que las posadas o jornadas, fueran una de tantas ceremonias de carácter profano-religioso que utilizaron para sustituir los antiguos ritos de los indígenas, por la fe católica.

Durante los primeros años de la Colonia la costumbre era concurrir a los atrios, misma que se fue extinguiendo poco a poco, hasta casi desaparecer. Pero los indígenas ya evangelizados y encariñados con las tradicionales ceremonias, las trasladaron a sus casas “y como en los tiempos paganos, además del acto puramente religioso, efectuaron bailes y convites entre los vecinos”. Ya en 1808, las posadas se desarrollaban con entusiasmo desbordante, principalmente en la Ciudad de México, en casi todas las familias y con más o menos lujo, según sus posibilidades.

Don Antonio García Cubas relató en El libro de mis recuerdos, dicho festejo: En La plaza de la Constitución era en los días del Novenario o de las Posadas una Babel… Grandes balanzas de hierro pendían del techo así como faroles de papel de diversos colores y las piñatas u ollas que habían de llenarse de colación y fruta, muy adornadas con calados de papel y fafalaises o revestidas de papeles y lienzos para representar diversas figuras.

Hoy en día, en los atrios de las iglesias, en patios de las casas e incluso en las calles, se cuelgan piñatas de barro o cartón que tradicionalmente tienen una forma de estrella de siete picos brillantes, para después ser golpeadas con un palo o madero que representa la virtud y la esperanza de aquel que va a romper la piñata. En Oaxaca, hasta los palos se preparan de manera especial, los piñateros los hacen de yegualán, árbol del matorral que se encuentra en zonas de cactus candelabro y se forran de crespón y hojas del mismo color que el de la piñata.

Una piñata se adquiere porque se admira su forma, su color, su belleza o su fantasía, pero su destino es ser destruida para regocijo de los niños, quienes a veces recogen un pedacito de barro, papel o cartón para guardarlo junto con el botín que obtuvieron al romperla.

Los indígenas mesoamericanos llevan a cabo un juego similar al de romper la piñata, llamado Pa’p’uul (rompe cántaro). El origen de este juego es maya e inicia al avisarle a los niños que habrá Pa’p’uul, una vez que se corre la voz, todos se dedican a conseguir cántaros que tengan algún defecto, pero que conserven su forma; cada niño se esmera en adornarlo de múltiples colores, y lo que se encuentra en su interior será siempre una sorpresa. Algunos llevan iguanos vivos, otros colmenas silvestres, siendo los mismos niños los que rompen los cántaros armados de un corto garrote, aunque sin ser vendados.

En algunos lugares de Veracruz, Chiapas y el Istmo de Tehuantepec, durante la temporada de posadas también se acostumbra hacer las “ramas”: se adorna la rama de un árbol en cuyo centro colocan un pequeño nacimiento, con esto los peregrinos recorren las calles para entonar en las puertas de las casas los cánticos también llamados “ramas”, acompañándose con unas sonajas o un pequeño tamboril, o en otros casos con jaranas veracruzanas y un requinto jarocho.

LOS GANADORES

 

De conformidad con la Convocatoria del Décimo primer Concurso de Piñatas Mexicanas, el Jurado dictaminó:
– Primer Lugar
Titulada: Con la ciudad a cuestas
Autor: Colectivo Atelier Arte y Papel No. 20
Coacalco, Estado México

– Segundo Lugar
Titulada: Folkloricromia
Autor: Silvia Azucena Nájera Barajas No. 21
Ecatepec, Estado de México

– Tercer Lugar
Titulada: La biznaga
Autor: Carlos Ruiz Ávila No. 125
Ecatepec, Estado de México

29 noviembre, 2017

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Sandra Aguilar


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