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Señores tacones

Para algunas mujeres, este accesorio puede ser impensable, cansado y difícil; pero, ¿quién no tiene al menos un par en su clóset? ¿Cómo surgieron, para qué y cómo los usamos ahora?

Por Victoria Martínez Enríquez

Más allá de la comodidad que los tacones pudiesen brindar -y que más de una vez hemos puesto en duda-, el aporte a la personalidad es el plus que muchas mujeres consideran cuando los eligen como compañeros de los momentos especiales.

En la actualidad, se puede considerar a este calzado un símbolo de feminidad o sensualidad; aunque al principio, su uso y el tipo de usuarios eran diferentes.

Los tacones fueron hechos para fines prácticos y no estéticos. ¿Cómo es esto posible? La respuesta está en que las personas viajaban a caballo y usaban esta parte de su calzado para fijar el pie en el estribo. Posteriormente, en la Edad Media, su fin era higiénico, ya que las calles no estaban pavimentadas y cuando llovía se formaba el lodo (por decir lo menos) y el hecho de que los zapatos fueran altos permitía caminar sin ensuciar la ropa.

CUESTIÓN DE PODER

Hasta aquí, debemos saber que eran solamente los hombres quienes los utilizaban, aunque ellas comenzaron a buscar la manera de integrarlos a su vestimenta. El chapín era lo que se tenía en boga entre las mujeres venecianas del siglo XV. Era un calzado sobre una gran plataforma que podía llegar hasta los 50 centímetros. Entre más altos, mayor estrato social.

Para moverse, las mujeres de dicha época necesitaban un sirviente de cada lado para que pudiesen mantener el equilibrio.

Las bases de estos zapatos se hacían de corcho o madera y se tapizaban con piel, piedras semipreciosas y bordados de oro o plata, además de terciopelo. Esta moda se expandió por toda Europa y duró hasta el siglo XIX.

CUESTIÓN DE REYES

Otro formato, el del tacón (y no de plataforma) se dio en la boda de Enrique II de Francia y Catalina de Médici, se dice que ella era un tanto pequeña y para lucir a la altura -literalmente- del novio, usó este accesorio.

La pieza fue creada por un artesano de Florencia, Italia, quien quitó la plataforma pesada de los chapines para reemplazarla por un zapato acolchado de 10 centímetros de alto. Eran con suela de una sola pieza, así que las mujeres pudieron desplazarse de manera más natural, sin caer en el malabarismo. Las zapatillas eran hechas de cabritilla, terciopelo afelpado y cuero.

Los zapatos de tacón eran entonces más de los hombres. Nicolás Lestage era el Manolo Blahnik de la época, y su mejor cliente resultó ser el rey Luis XIV de Francia. Él medía 1.63 metros, lo que representaba ser bajo ante el resto de la nobleza, así que se agregaba 10 centímetros con zapatos de tacón decorados con escenas de las batallas, moños y algunos detalles repetitivos como el tacón y suela roja, ya que teñirlos de este color era muy caro y representaba un tono marcial.

Se dice que este rey incluso firmó un edicto para delimitar que solamente los miembros de su corte podían calzar zapatos con tacones rojos.

Mujeres y niños se contagiaron con los tacones, en el sitio Ancient Origins, que investiga la historia de los objetos, se argumenta que para el siglo XVIII, las mujeres de la corte francesa llevaban tacones de ocho centímetros. Claramente habían adoptado la “moda masculina” y con ello buscaban la igualdad.

Elizabeth Semmelhack, del Museo Bata Shoe, en Toronto, explicó a la BBC que ese periodo fue conocido como la Renuncia del Gran Macho e implicó que ellos abandonaran las joyas, los colores brillantes, las telas ostentosas y se cayera en la etapa de los tonos oscuros, sobrios y homogéneos. Entonces la ropa ya no era para definir la clase social. Las diferencias entre las prendas masculinas y femeninas se pronunciaron más.

MUJERES TOMAN LAS RIENDAS

Para el siglo XVIII, los tacones fueron considerados como afeminados e incluso tontos, así que ellos los sacaron de sus armarios. El tacón era ya un asunto femenino, y fue Madame de Pompadour quien dio el siguiente paso: separar la suela del tacón.

Hay historiadores que mencionan que María Antonieta de Austria, última reina de Francia, llevaba tacones de cinco centímetros de alto cuando cumplió su sentencia en la guillotina.

En la misma época, en Massachusetts, se aprobó una ley que abolía los zapatos altos porque “seducían” o “engañaban” a los hombres.

Quien los usara, fuera casada, soltera, viuda o virgen, sería condenada bajo el mismo rango de culpabilidad que la brujería, a la ejecución.

Cuando inició la Revolución Francesa, los hombres buscaron un zapato más cómodo para las artes de la guerra, seguido de la orden de Napoleón para borrar todo rastro, herencia o elemento que evocara el siglo de los reyes.

EL ATREVIDO REGRESO

Los zapatos altos pasaron a segundo plano un tiempo y fue hasta la década de 1920 cuando regresaron para acompañar a las flappers, mujeres que desafiaban el ideal de belleza y social del momento y que usaban mucho maquillaje, minifaldas, tacones, cabellos cortos y todo lo que en ese momento era considerado solamente para prostitutas.

El siguiente cambio llegaría en 1947, cuando Roger Vivier, de la casa Christian Dior, inventó el stiletto, el calzado femenino más buscado cuando finalizó la segunda Guerra Mundial, y que acompañaría el llamado New Look.

A partir de entonces, en los zapatos de tacón todo ha sido un regreso, para 1960, volvieron las botas vaqueras; para 1970, los hombres se atrevieron a llevar plataformas o botas con tacón; para 1980, el stiletto de Dior estaba con todo, y de 1990 a la fecha, todo depende de los gustos, ya que en una misma temporada se puede ir de zapatos en punta, redondos, con plataforma, tacones delgados, altos o muy bajos, así como combinaciones de éstos.

Hoy las mujeres lo mismo se suben a un caballo o pisan el acelerador para trasladarse a cualquier lado, pero también sortean caminos entre charcos y lodo.

De los tacones, los que te acomoden… y por si las dudas, unos flats en el bolso, porque el pecado ya no es bailar o provocar, sino andar incómodas.

15 mayo, 2017

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